Club de lectura y cine en 847 Estación de Arte

El miércoles 25, a las 20.30, en Lartigau 847, la Estación de Arte presenta obras literarias de Martín López Romaña.

Y el domingo 29 de abril, a las 20.30, llega el club del cine, con la película “Tres anuncios por un crimen”, del director Martín Mcdonagh.

“Una gema”

Un día jugando en el parque frente a mi casa hallé una gema. Era de un color caramelo muy oscuro y se parecía mucho al fondo de una botella de cerveza de malta. Fui corriendo donde mi padre y le pregunté qué era aquel objeto. Mi padre sostuvo el objeto entre sus manos, lo miró muy de cerca y con una sonrisa me respondió:
– ¡Te has encontrado una gema!… ¡Eres millonario!
Le quité educadamente la gema de las manos y me fui corriendo a guardarla en mi escondite secreto. No podía creer mi buena suerte. No tenía edad suficiente para pensar siquiera que debía vender la gema a alguien para adquirir los millones que me pertenecían, sino que me figuraba que la sola pertenencia de la gema ya me convertía en millonario. Me fui a la bodega de la esquina y gasté toda mi propina del mes en golosinas como para celebrar por adelantado una vida marcada por el lujo y el despilfarro. Por lo pronto me compraría la juguetería de la calle Espinar y el parque de diversiones del Centro donde nos había llevado a jugar mi padre a mi hermano mayor y a mí hacía unas semanas.
Por la noche no pude aguantar las ganas de compartir mi secreto con mi hermano mayor. Quería ver en su rostro aquella expresión de envidia que había sentido en mi propio rostro cuando le dieron un diploma en la escuela. Fui a mi escondite secreto, saqué la gema y se la mostré explicándole de qué se trataba.
Mi hermano se rió en mi cara y me aseguró que lo que tenía entre manos era la parte de abajo de una botella de cerveza de malta que se había pulido un poco con el tiempo y la arena. Le aposté lo que quisiese a que aquello era una auténtica gema y que yo era millonario.
–La propina del mes –dijo mi hermano.
–Ya me la gasté… pero si quieres apostamos las propinas de los próximos tres meses –Dije eso por decir algo. Yo habría sido capaz de poner mi propia vida sobre aquella mesa de apuestas.
–Hagamos una cosa. Traigo el martillo del garaje y le doy un golpe a tu fondo de botella. Si se rompe es un vidrio, si no, es una gema.
–Vamos a traer el martillo.
Lo trajimos y lo pusimos en el suelo junto a la gema. Yo casi bailaba de impaciencia por ver cómo se desmoronaba toda aquella superioridad de hermano mayor.
–Uno, dos, tres… –dijo mi hermano y dio un golpe durísimo contra la gema.
La gema se trizó en mil pedazos como un destino y quedó reducida a un polvo arenoso muy parecido a la azúcar sin refinar. Mi hermano se levantó de un brinco y se puso a festejar y a burlarse de mi credulidad. Yo me quedé sentado y mudo contemplando el fondo de botella de malta convertida en azúcar rubia. A mí y a mi hermano no nos gustaba el azúcar rubia, pero mi padre solo tomaba esa, no recuerdo por qué. Cogí el martillo y terminé de pulverizar aquel vidrio, lo recogí en un papelito, lo envolví con cuidado y lo guardé en mi cajón.
Esa noche dormí mal. No sé o no recuerdo qué hora era cuando me levanté de la cama sin hacer ruido, abrí mi cajón y extraje el sobre hecho de papel doblado. Descendí a la cocina. La mesa estaba ya puesta para el desayuno. Refulgía en el centro del mantel la azucarera de porcelana de la que mi padre se servía azúcar rubia para endulzar su avena.

Martín López de Romaña (Arequipa, 1975). 

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