Beatriz Sarlo habla de “El artista más grande del mundo”, de Juan Becerra

Van a leer una sátira. La sátira tiene una desmesura que no se conforma con la ironía, sino que le da a la ironía una dimensión exagerada, épica, cómica o farsesca. Así es la nueva novela de Juan José Becerra, “El artista más grande del mundo”, que acaba de publicar Seix Barral. Su héroe se llama Krause y supera la ambición grandiosa de los genios del Renacimiento porque, en vez de depender de unos caprichosos mecenas, gobierna las tendencias del mercado de arte, mayor tribunal estético de la época. Manda e impone. Tiene a sus pies a los marchands, a los curadores y a los críticos. Estos personajes temidos y cortejados forman una comparsa alrededor del artista que ha hecho suyos todos los poderes que hoy se reparten entre figuras secundarias, aunque indispensables: curadores, críticos, periodistas, aficionados, compradores y groupies.

Quien cuenta la vida de Krause no puede escribirla en su computadora por el detalle trivial, aunque molesto, de un permanente dolor de espaldas; pero puede grabarla en una máquina que obedece al dictado y capta los sentidos por el tono de voz o las pausas. Krause y su narrador son amigos, pero se diferencian tanto como se distingue el artista triunfante e infatigable de un narrador paralizado frente a una máquina que convierte su voz en escritura.

Krause recuerda a muchos artistas contemporáneos. Probablemente el que más se le parezca sea Damien Hirst, el inglés cuyas obras se cotizan en decenas de millones de libras: corderos cortados por la mitad; cabezas vacunas podridas ofrecidas en alimento a laboriosos gusanos; tiburones flotando en el líquido que los conserva; una sala entera del Tate londinense convertida en farmacia, con sus paredes cubiertas de divertidas cajitas multicolores; una calavera revestida de brillantes verdaderos; insuperables remates en Sotheby’s, donde una exposición completa alcanzó, en una sola noche, el centenar de millones de libras. Durante por lo menos dos décadas, todo lo que hizo Hirst se convirtió en celebridad y billetes. Se le puede agradecer que su obra sea una gigantesca muestra del capitalismo estético, por un lado, y de la impotencia de la opinión autorizada, que explica lo existente como si lo que produjera un artista fuera el destino del arte, no la consecuencia de un tejido de intereses, agotamiento y crisis de la modernidad.

Si cabe citar a Damien Hirst primero, sería injusto afirmar que es el único. Mi favorito como candidato, por su obvia nimiedad y su conceptualismo banal, es el premio Turner 2005. Su ganador, Simon Starling, expuso el vehículo (una motocicleta propulsada a hidrógeno) con que la que atravesó el desierto de Tabernas en Almería, España. Pero la inspiración de Starling culmina en la pequeña cabaña construida con las maderas de otra cabaña que encontró en el Rin, desmanteló, convirtió en embarcación, y la llevó a Basilea para volver a armarla allí como cabaña. Un prodigio del reciclaje que, naturalmente, muchos saludaron como la idea del año: ecología conceptual.

Todas las obras imaginarias que describe Juan José Becerra en su novela nos recuerdan otras, que pudieron ser su modelo, su pesadilla y el blanco de su indignación satírica frente a este mundo trastornado por una omnipotencia sin riesgos, ya que todo puede explicarse. Krause responde exactamente al modelo del artista total: diseña casas, paisajes urbanos o agrestes; organiza sus casas como panópticos desde los que se ve lo que allí sucede convertido en experiencia límite, física, sensorial y sexual: mujeres orinando, hombres y mujeres apareándose, gente durmiendo, orificios del cuerpo que remiten al detallismo de una gigantografía o a un libro pornográfico del siglo pasado. Krause vive en el Penedés de Cataluña, pero diseña para el mundo entero, o por lo menos, para todo occidente. Trabaja incansablemente y la novela de Becerra es también incansable, por momentos agotadora.

Entre los proyectos de Krause se destaca la casa de su amigo en el porteño Barrio Parque, una casa pozo, enterrada cuarenta metros pero al mismo tiempo aérea, que comienza insultando el tranquilo gusto de los vecinos y termina mutando el escándalo en genialidad. Allí el amigo escritor vive con Flavia Páez que es, de modo transparente, Flavia Palmiero, el último gran amor público del anciano padre de Mauricio Macri. O sea que, en la casa porteña diseñada por Krause, se dan la mano (para decirlo del modo más decente) el amorcito del capitalista argentino con el gran amor, Greta, del artista mundial. Bellas mujeres, locas o sumisas, de hombres todopoderosos.

Pero el más potente, en la sátira de Becerra, es el Artista, una de cuyas obras consiste en grabar un video que pone en escena la destrucción de doce millones de dólares. ¿Quién más libre del dinero que aquel que puede destruirlo y hacer de la destrucción una obra de arte? Krause sabe que siempre habrá algún crítico para decir esto. La imaginación de Becerra une lo grande y lo pequeño, porque el Artista vive en todas las dimensiones. Por eso, poco después de enterarnos de la destrucción de los millones, se encuentran en la heladera unos hielos diseñados para amenizar la estética de los tragos, y, entre ellos, un caniche toy también congelado. Nada escapa a la estética donde todo significa, si alguien se toma el trabajo de explicarlo.

Becerra está irritado. Por eso no hace parodia ni ironía. El amigo que dicta a su máquina la vida de Krause da ejemplos: “El caniche congelado podía tratarse de ‘un Krause’, un tipo de escultura biológica que era cuestión de nombrar para que revolucionara por enésima vez la historia del arte”. En efecto, con el mismo método, Krause revoluciona la historia de la gastronomía: “A mí me tocó una entrada fría llamada ‘Firmamento’, hecha de una base de caviar y pequeñas bolas de queso de búfala”. La cuasi vulgaridad de la combinación se atenúa cuando Krause explica que los platos servidos a los comensales eran “auténticos krauses”. Como también es un “auténtico Krause” el vestido metálico que diseña para su mujer, la bella Greta, incansablemente observada a través de cristales, espejos, láminas metálicas, cascadas y vacíos. Todo lo que hace un artista es arte: esta definición tautológica es la que Becerra quiere destruir y usa como instrumento la irrespetuosa comicidad de la sátira.

La novela une dos rasgos que habitualmente se encuentran separados: un programa de crítica estética y una acumulación de acciones y objetos fantásticos. Por esta unión, “El artista más grande del mundo” es una novela de peripecias incesantes (casi una picaresca del arte actual) y una crítica de las ideologías hegemónicas que profesan el mercado, los museos, las galerías, los curadores y la entusiasta banda de snobs que los lectores encontrarán como personajes de un friso detrás del gran Krause. Si se piensa que Becerra exagera, seguramente no se tiene en cuenta que la sátira necesita ejercer ese derecho, sobre todo cuando su objeto son los filisteos, como se habría dicho en tiempos de Gógol.

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