Epocalipsis

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Ensayo de EMAUPM.

“El Mató retoma en su propuesta las dos grandes vertientes del rock argentino de los 90: el rock barrial y el rock alternativo.”

Por Franco Ruiz

Emergentes del crack económico y social de 2001, El Mató a un Policía Motorizado construye su discurso sobre la base de una distopía. Es, en efecto, la oscura melodía de un derrumbe (como la serie de edificios implosionando en la portada de su primer larga duración).
Y de los escombros se sale como se puede, por “arriba”, el objetivo es seguir con vida. Quizás por eso en el ideario de la banda -desde sus inicios- aparecen motos atravesando el fuego, flotas de camiones en marcha constante hacia adelante, motos del futuro, junto a una ética y una estética clase b o de bajo presupuesto.
Pero lo saliente es que El Mató retoma en su propuesta las dos grandes vertientes del rock argentino de los 90: el rock barrial y el alternativo, una mística orillera y punk rock, junto a las guitarras avant-garde del rock sónico. La huida del derrumbe, como se dijo, es por el “aire”. Allí están, entonces, los sonidos espaciales (la banda al comienzo se definía como de “punk-espacial”), para lo cual la banda apela al último coletazo de la psicodelia en Alemania, el kraut rock o “rock fumado”.
Cuando algo es genuino y novedoso, enseguida genera escuela: es común reconocer hoy las guitarras comunistas en distintos grupos que destilan la influencia de los platenses. La de El Mató es, no obstante, una fórmula inquietante: espíritu pandillero y sofisticación, un culto de iniciados para intelectuales y bohemios platenses, que se asoma con el tiempo a la masividad, pero conservando su espíritu underground.
Elegancia y crudeza, Virus y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, dos de las grandes estirpes del rock de las diagonales. El grupo rompió así con el prejuicio presente tanto en los músicos como en la crítica especializada de la escena de los 90, que sostenía que la esquina del barrio y el rock alternativo era opuestos, cuando en realidad en ambos espacios se estaba forjando una identidad que se rebelaba, a su modo, a la frivolidad de la época.
Después de Cromagnón, cuando el rock bajó los decibeles y reverdeció la canción acústica, El Mató se esforzó por mantener el ritual del recital rockero: allí estaban el pogo y los estribillos invencibles, el volumen alto y la celebración punk.
En “Violencia” (EP, 2015), su último trabajo de estudio, el grupo parece cerrar un ciclo, y como en todo epílogo, no hace falta agregar nada: allí están las guitarras altisonantes, en primer plano, y la voz que se deshace para estallar: “Este día que me regalás”; “Vos y yo/ perdidos en la colina”.

 

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